Eurovisión, festival de festivales, llega en mayo

Es una fresca noche de mayo en la capital austriaca, Viena. La ciudad está un poco paralizada por la expectativa, en la Stadthalle local, rozando la media noche, algo más de 10.000 almas y probablemente 200 millones de personas por televisión, presencian como el sueco Måns Zelmerlöw gana la edición número 60 del Eurovision Song Contest. La espectacular gala ha congregado a 40 países de Europa, Asia y Oceanía, que concursaron por el título de triunfador y con ello el derecho a organizar la edición del año siguiente.

eurovision_690498910Eurovisión es el concurso musical más grande e importante del mundo, se trata de hecho, de una institución organizada por el órgano de referencia de las televisiones públicas europeas, la European Broadcasting Union. Para participar en el show, es indispensable que un país tenga una televisora abierta y pública, y que pague las cuotas correspondientes. Una vez superadas las cuestiones burocráticas, cada empresa televisiva selecciona como mejor le parezca tanto al intérprete como a la pieza que le representarán. La mayoría opta por organizar concursos nacionales, que en gran medida ayudan a generar interés entre los televidentes y público en general, sobre el concurso a llevarse a cabo. Otros realizan selecciones a puerta cerrada negociando directamente con un artista o conjunto.

 

Plumas, monstruos y glamur. ¿El festival mundial del mal gusto, el kitsch y la mariconería?

Tras más de cinco décadas de historia, Eurovisión ha desarrollado un ejército de fanáticos de considerable tamaño, los eurofans conforman un vigoroso ejército bien organizado en asociaciones y clubes tanto nacionales como internacionales que constituyen la avanzada del festival. Los fanáticos se encuentran regados por todo el mundo y en gran medida han coadyuvado a la expansión de la popularidad del festival a lugares como Australia, país que no podría estar más alejado de Europa, pero que debido a su fanatismo y devoción al festival, ha sido invitado a participar de manera oficial en dos ocasiones. De la misma manera, internet y las redes sociales han expandido la notoriedad del concurso a todas las regiones del mundo, máxime que, gracias a las plataformas digitales, los eurofans pueden gozar de la transmisión de la gala en tiempo real y sin ningún problema.

Empero, casi en cualquier periódico “de prestigio”, en la columna de algún connotado musicólogo o en programas televisivos de contenido serio, se habla de la supuesta baja calidad musical del festival: se le acusa de frívolo, intrascendente, promotor del mal gusto, el kitsch, la telebasura y demás. Todo esto acaso por la pompa y circunstancia que acompaña al certamen: la producción suele ser espectacular, desenvuelta, con la tecnología más aparatosa y avanzada del momento. Los concursantes son variopintos: cantantes y grupos especializados, ganadores de reality shows, oportunistas, freaks y todas las combinaciones posibles. Entre los ganadores más prominentes de la fiesta eurovisiva se encuentran Abba (1974), Céline Dion (1988) o Lordi (2006). La realización del programa invita a lo carnavalesco y desenfrenado, entonces, los buenos oídos europeos, en plan fariseo, suelen despreciar sonadamente todo lo que tenga que ver con Eurovisión.

Tampoco es un secreto que el colectivo más importante de eurofans, el más escandaloso, militante y leal al festival es el LGBT. Pareciera, inclusive, que son los gays quienes mantienen vivo el espectáculo: viajan por miles año con año a la gran fiesta eurovisiva y apoyan devotamente a los artistas en concurso. Dichos grupos, en gran medida, se han apropiado de Eurovisión, y no tienen empacho en demostrar su total desagrado cuando hay algún país, generalmente de Europa Oriental, que muestra hostilidad por los homosexuales o la diversidad sexual en general.

 

¿Pero qué hace tan especial, adictivo inclusive, al festival de <<Eurovisión>>?

Después de las canciones, la superproducción, el glamur y las vistosas coreografías: la votación. Desde hace décadas el concurso cierra con el momento de mayor expectativa, la revelación de los votos, en el que los países participantes conceden de 1 a 12 puntos a las piezas en competencia, siendo el anuncio de 12 puntos un momento de regocijo y éxtasis para quien los reciba. Los puntos se deciden en una decisión dividida 50% entre jurados profesionales y 50% mediante televoto de cualquier persona con un teléfono móvil registrado en los países participantes. Al final no hay premio de consolación, el ganador se lo lleva todo.

Durante la votación los eurofans experimentan todo el cuadro de emociones posibles: alegría, desesperación, enojo, sorpresa, odio, temor, decepción, tedio, resignación y de vuelta todo una y otra vez. Es una rueda de la fortuna emocional que rara vez da el resultado deseado. Los fanáticos acaban exhaustos y muchos juran nunca volver a ver el programa, pero como toda adicción profunda, es implacable y están de regreso, religiosamente, al año siguiente en mayo, mes tradicional de Eurovisión.

 

Más allá de lo simbólico

Eurovisión, como todo mega evento internacional, pregona la unidad entre las naciones, es el imperio de la buena onda, pretende ser un espacio inclusivo, una utopía más en donde la música engalana la noche y crea un asterisco simbólico de cariño y fraternidad entre los fanáticos, pero en realidad, como los Juegos Olímpicos o cualquier acontecimiento de semejante tamaño, la dialéctica de la buena onda y el buen rollo entra en disputa con la realidad, la realidad política del momento. Desde la disputa de los derechos de los gays en Rusia hasta la guerra y el conflicto por el medio ambiente, Eurovisión es la ocasión para lanzar mensajes políticos, velados y light, generalmente, pero que allí están, burlándose de las reglas que furibundamente intentan parar en seco cualquier intentona de pronunciamiento político.

Una de las actividades favoritas de los eurofans es quejarse deleitosamente del llamado bloc voting que ocurre año tras año, que consiste básicamente en el alineamiento de países vecinos para darse mutuamente cantidades generosas de votos. Los bloques más fácilmente identificables son: los nórdicos (Escandinavia y los países bálticos), la ex Unión Soviética y la ex Yugoslavia. Cada año es la misma cantaleta, que si Bielorrusia le da siempre 12 puntos a Rusia y viceversa, no obstante, la mayoría de los telespectadores admite que es precisamente el morbo de las votaciones una de las razones que les motiva para volver al mismo ritual año tras año.

Así, kitsch o no, política o no, canciones horribles o no, el 16 de mayo se llevará a cabo la final de Eurovisión, generando las olas de placer, controversia, escándalo, chisme, pompa y circunstancia que hacen del festival una experiencia liminal, y ante todo, intoxicantemente divertida. www.eurovision.tv

 

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